jueves, 19 de agosto de 2010

Ciudad de Estatuas.

Llega al borde de la molestia el sonido de los colectivos a distancia, los niños jugando en la calle, la fricción de las ramas que se mueven con el viento, tal vez lo menos agradable, aquellos pequeños latigazos que producen los cables que penden del poste de luz.

Cuando de pronto, después de tanto estruendo, tan solo, la nada, es desesperante, ni siquiera la brisa se atreve a acariciar mis oídos, ya no siento vibrar en mis pies su latido y mi alma parece paralizar. Pánico, lo que queda en su lugar, instantáneo como fuego, crece desde el ombligo y se distiende, se elonga hacia el resto de mi cuerpo, ocupa la habitación, no puedo verlo sin embargo; siento como se apodera de todo. Mis manos se transforman y eso también me da miedo, esta oscuridad las ha convertido en entes, se parecen a las de un lobo cerradas, y abiertas toman la forma de engranes torpes, de algo inhumano, creado para ser inútil. Y mientras se mueven como queriendo decir algo, es cuando descubro aquella grieta en la pared, tantas veces he pasado por allí, sin embargo; esta vez tiene un matiz diferente, esta vez me lleva hacia algo más muerto de lo cotidiano. No necesito abrirla pues lo está ya, me permite ver hasta unos cuantos pasos y los demás se encuentran cubiertos por el tiempo.

Empiezo a salir o a entrar, no se que es peor, si saber que no fui consultado o saber que no sé a qué se debe que todo esté tan lóbrego. Con los primeros pasos siento que me brotan lágrimas y cada poro me duele como si dejase escapar sangre. Nunca los había visto tan tranquilos e inmutables, el bote de basura, los guijarros que se acomodan alrededor de las plantas del jardín, aquel corazón celeste en la avenida, nunca estuvieron tan callados, me aterran, mientras roban unas cuantas lágrimas más que brotan desde aquella nausea que comprime mi abdomen como un papel de regalo que se pierde en mis manos por el puro placer de darme sensación. Por fin descubro personas, y lo único que han podido darme es lástima. Están en la misma posición en la que la nada los acarició. Una niña de piedra corriendo -o más bien ya sin hacerlo-, tras su manzana. Una pareja de muchachos se pierden en una casa esquinera, justo en la puerta, como si hubiesen sido creados en una sola masa amorfa y molesta si pienso en lo solo que me encuentro, no descubro rostros pues todo se encuentra cubierto de cabello y la falta de espíritu voyerista me obliga a seguir caminando. El pequeño perro pulgoso de la esquina me parece casi patético en esa posición, con el hocico entre las patas traseras y posiblemente con la misma expresión que podría hallarse en un sarnoso cumpliendo su cometido, rascarse, sin duda hay pocos placeres, tan satisfactorios como ese.

Todo se encuentra tan petrificado, muerto y sin sonido que no me sorprende que el tiempo intente destruirlo con sus garras, es como la ciudad de las estatuas, solo que todas ellas han sido infestadas de la enfermedad del tiempo, una lepra destructora, comienza con grietas, con fisuras aquí y allá, se cubren rápidamente de moho y lo que pudo haber tenido alguna vez vida se convierte en algo tétrico, devorado por la obscuridad, creo que pude ver cómo una nariz se volvió polvo y cayó rápidamente para desaparecer. Creo que así se ve más hermoso, puedo imaginar pájaros revoloteando alrededor de las estatuas y casi puedo tocarlos con los dedos, creo que por primera vez he sonreído.

Es una lástima, tan solo tenía que empezar a agradarme para que mi nada empezare a cambiar. Cada objeto empieza a tomar vida nuevamente, se deslizan, y por cada grieta que el tiempo ha creado en mis esculturas, se escapa sangre y sus gemidos son tan patéticos que casi se podría decir que me agradan. No ha sido difícil acoplarme al cambio esta vez, estoy seguro que es solo cuestión de tiempo para que este maldito juego me lleve hacia algo nuevo.

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